lunes, 20 de mayo de 2013

La grandeza también es exigencia


Artículo publicado en Number 1 Sport antes de la disculpa de Del Nido, aunque, a pesar de esta, no deja de tener sentido. 

Los aficionados del Sevilla siempre hemos presumido de grandeza. Siempre, incluso en los malos tiempos. Hasta cuando el club con su gestión y el equipo con sus resultados nos decían que en verdad éramos mediocres, nosotros alardeábamos de ser mucho más que simplemente eso.

A lo largo de la primera década del siglo XXI, en especial en su segunda mitad, por fin, el club con su gestión y el equipo con sus títulos se pusieron a la altura del sevillismo. Se dijo que el Sevilla volvía al lugar que le corresponde. Un sitio que una vez ocupó y que posteriormente perdió. Perdió en la práctica, pero no en el sentimiento de su gente. De su afición. Una afición que, a pesar de décadas de travesía por el desierto, nunca perdió su consideración. Su convencimiento de que nosotros no éramos eso; éramos otra cosa. Una afición que siempre exigió más; que con un equipo asentado perfectamente en Primera División, le gritaba al palco aquello de “otro año igual” por quedar casi siempre entre los diez primeros, pero nunca en la zona noble de la tabla. Otro año igual de mediocre, cuando, como digo, todos sabíamos que nosotros no éramos eso. Éramos más. Somos más.

Nada de esto ha cambiado, más bien todo lo contrario. Se ha reforzado. Si en el año 1993, por decir uno, 45 años después del último título, la afición explota contra el palco con el grito anteriormente mencionado por quedar 7º con 43 puntos (hoy, con los 3 puntos por victoria, serían 60), empatados con el sexto (el Atlético de Madrid, que fue a la UEFA), pero perdiendo el goal – average, hoy por hoy, cuando del último título han pasado sólo 3 años, es perfectamente comprensible que el sevillismo en su mayoría esté que se sube por las paredes.

La grandeza implica exigencia. Y la exigencia, protestas a su vez cuando no se llega, ni de lejos, a un mínimo requerido. Y eso teniendo en cuenta que si el octavo o el noveno clasificado podrían ir a Europa, es porque clubes que han quedado por encima han sido tramposos y otros han sido serios a la hora de gestionar. Ojo, serios no es eficientes, sino solamente serios. Legales, no tramposos.

Aún así, y teniendo en cuenta eso, yo siempre he defendido que las protestas hay que saber cuando hacerlas. No es sensato convertir la grada en un infierno contra el palco mientras el equipo juega, porque eso nos perjudica a todos. El infierno ha de producirse una vez el árbitro pita el final del partido. Pero si el sevillismo se comporta así y el palco lo silencia cuando llega el momento sensato de la protesta, lo normal, lo comprensible, es que, en el próximo partido, esa afición sensata se convierta en todo lo contrario para poder hacerse oír. Y no habrá argumento válido para afearle el gesto porque no le han dado otra opción. Y gente como yo, que defiende ese comportamiento sensato, tendrán que callar, comprender y hasta acompañar al resto por lo dicho, porque no queda otra opción.

La afición del Sevilla sabe de la grandeza del club al que apoya. Grandeza que va muchísimo más allá del dirigente de turno que se sienta en el palco en cada momento de su historia. Y protesta, claro que protesta, ¿cómo no lo va a hacer yendo novenos y gracias? Y el presidente de turno ha de escuchar esa protesta si está a la altura de la grandeza del club que preside. Nunca acallarla. Nunca. Pero menos aún este año, cuando el aficionado ha sufrido unos horarios demenciales, con muchos partidos en lunes, a horas intempestivas. Cuando se ha visto obligado a tragar con unos precios desorbitados para lo que ha tenido que ver luego; con el agravante, además, de una crisis económica brutal que se está cebando con todos. Cuando el ambiente en la grada ha sido una calamidad durante demasiado tiempo porque la directiva (con su parte de razón) se pone gallita con los que son el alma de la grada, pero no tiene cojones de hacer lo propio cuando se pisotea al club desde comités y demás. Y, para colmo, el equipo flaquea como no se veía desde hacía más de una década, lloviendo sobre mojado porque ya van tres años de decepciones. De malas planificaciones y lamentables resultados. Insisto, ¿cómo no va a protestar la afición? Ya no es sólo que el equipo no esté a la altura de la grandeza que se nos supone, de la que presumimos y de la que tanto han hecho gala los dirigentes actuales cuando la cosa iba sobre ruedas. No es sólo eso. Es todo lo demás que he comentado.

Y si, después de aguantar tanto, la afición estalla, ¿se la va a acallar?¿Se puede tolerar eso? Es algo absolutamente inaceptable. Y cuando en el próximo partido en casa, el último de esta horrible temporada, el último de nuestro capitán con la camiseta del Sevilla, la grada se rebele de un modo furibundo contra el palco, pues habrá que comprenderla. Un día que debería ser festivo, un día que debería dedicarse a despedir a nuestra grandísimo Andrés Palop, se convertirá en una bronca colectiva contra el palco. Todos sabemos que el sevillismo sabrá encontrar su hueco y su forma para homenajear a uno de los dos mejores porteros de nuestra historia, pero el día no será como hubiéramos deseado por culpa de todo lo dicho, y también porque no se nos ha dejado protestar en tiempo y forma.

La grandeza lleva incluida la protesta cuando las cosas no se hacen bien. Y si se presume de ella en los buenos tiempos, se soportan sus consecuencias en los malos.

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