lunes, 1 de febrero de 2016

Fazio: la última tropelía del fútbol moderno.

Al fútbol, a ese deporte llamado fútbol, le tienen puesto hoy día tantos adjetivos, que es muy fácil olvidar de dónde viene y qué es en realidad. Se habla de fútbol negocio, fútbol moderno, fútbol espectáculo, fútbol rácano... Se habla de técnica, de táctica, de planificación, de esquema, de sistema, de posicionamientos, de balances ofensivos y defensivos...

Pero, en mi opinión, el adjetivo que más aleja al fútbol de la concepción que del mismo tenemos el grueso de los aficionados es otro: profesional.

Para saber lo que es el fútbol en su esencia hay que irse ni más ni menos que a sus orígenes. Aquí mismo, en Sevilla, la semana pasada, celebramos el 126 aniversario de un acontecimiento que, simplificándolo hasta lo esencial, no fue más que el hecho de que un grupo de amigos se reunió para formar un equipo, con la idea de practicar un deporte bajo unas determinadas reglas que ya estaban descritas con anterioridad. Y, poco después, retaron al equipo que meses antes había sido conformado en la ciudad de al lado para batirse en duelo: el primer duelo futbolístico de la historia de nuestro país.

Eso es el fútbol en esencia. un grupo de amigos que se reúne para practicar un deporte. A partir de ahí, todo lo demás son añadidos. 

Esto es común para todos los deportes de equipo que existen, pero hay algo que diferencia al fútbol de los demás. Algo que, aunque los demás también lo tengan, en el fútbol lo encuentras con mucha más intensidad, al menos en la sociedad en la que nosotros vivimos: la afición. La afición, como concepto que aúna sentimientos como pertenencia, lealtad, fidelidad, pasión, sufrimiento, alegría, decepción, orgullo...

Todos los equipos de fútbol, los grandes y los históricos, se crearon y crecieron alrededor de una afición que los apoyaba en todos los aspectos: desde ir a ver los partidos y animar, hasta sustentarlos económicamente. Y de esa propia afición surgían los mismos jugadores que en el futuro copaban las alineaciones. Entraban en el club como niños, crecían en su seno como futbolistas y como personas y llegaban al primer equipo para partirse el alma por el escudo que llevaban defendiendo durante todas sus vidas. 

Esto es el fútbol en esencia. Como decía antes, todo lo demás son añadidos. Y como digo ahora, todos esos añadidos son lo que han conformado lo que hoy día se entiende como "fútbol moderno", eso que los puristas odian con tanta vehemencia. 

Pero el fútbol moderno, el fútbol profesionalizado hasta el punto de convertir a jugadores, entrenadores y hasta directivos en auténticos mercenarios del mismo, es el resultado de una evolución que no ha llegado a la afición de a pie. Al menos no con tanta intensidad, ni mucho menos. Porque la afición de a pie, en su inmensa mayoría, se sigue moviendo bajo los principios esenciales de lo que fue este deporte en su día: sentimiento, pertenencia, lealtad, fidelidad, pasión, sufrimiento, alegría, decepción, orgullo...

Pero son solo ellos. Los demás intervinientes en este mundillo ya no se mueven por esos principios. O, al menos, no son los primeros en su escala de valores. No es eso les motiva en primer lugar. Son cosas que se tienen en cuenta, e incluso se trata de potenciar, pero no son las primeras. ¿Se han dado cuenta ustedes de que aún no he mencionado la palabra dinero? No deja de ser curioso cuando llevo un rato hablando de fútbol, ¿verdad? Evidentemente, porque, hoy día, es el dinero lo que lo mueve todo. Absolutamente todo, desplazando por completo todos los demás valores que he mencionado, aparte de otros como la dignidad o incluso la vergüenza, que tanto echamos de menos los aficionados en tantas ocasiones. Porque, como digo, los aficionados no hemos cambiado en ese sentido. No tanto. Para nada. 

Hace poco, a cuenta del tratamiento informativo que tuvo cierto partido entre Barcelona y Español, Dani Alves llegó a comentar que cada vez se avergonzaba más de pertenecer a este circo llamado fútbol. Claro que se le olvidó reconocer que, gracias a que este mundillo es hoy día eso, un circo, él gana unos sueldos que ni en sueños hubieran imaginado los mejores futbolistas de otras épocas, incluso no tan lejanas. Un circo: magnífica definición. El fútbol hace tiempo que dejó de ser un espectáculo deportivo para trascender de esto último y convertirse en un espectáculo sin más. Y sus componentes, sus miembros, sus payasos, equilibristas, malabaristas e incluso directores de función, están ahí y ganan lo que ganan porque se trata de un circo. Un circo que se mueve a golpe de talonario y que se aprovecha de que la afición mantiene esos valores trascendentales de los que vengo hablando para mantenerse en pie. Porque, en cualquier otra circunstancia, si no fuera por esos valores, dicha afición ya les habría tomado a tomar viento hace ya tiempo. 

El fútbol de hoy día, el fútbol moderno, es un negocio que se mueve por dinero y que se ha profesionalizado hasta extremos que ya apenas se reconoce en él su esencia. Sigue viviendo de la afición, pero ya no se debe a ella. Ya no es un deporte en el que dos equipos se baten en duelo, uno gana y otro pierde. Ahora a los equipos no les basta con hacer deporte porque su propia supervivencia depende de unos resultados, y han de obtenerlos, como decía aquel, por lo civil o por lo criminal. Sea como sea, incluso faltando a la dignidad propia y al honor y siendo "los más listos de la clase", otra expresión muy común y que no deja de ser un eufemismo de indignos. De poco honorables. 

Por su parte, a los jugadores, ya no les mueven sentimientos como la pertenencia, la lealtad y, mucho menos, la fidelidad. Lo reclaman de la afición de turno, de la del club en el que estén en cada momento, pero ellos cambian de equipo en cuanto les conviene. Nadie se imagina que un grupo ultra fiche a un aficionado de otro equipo porque anima muy bien y hace unos tifos espectaculares. La lealtad y la fidelidad de ese aficionado se da por sentada por parte del futbolista, del entrenador o del directivo. Pero ellos..., ellos, salvo muy contadas excepciones, reclaman y se aprovechan de esa fidelidad, pero luego no la tienen para con los demás. En absoluto. 

La última tropelía del fútbol moderno en lo que al Sevilla se refiere la hemos conocido entre ayer y hoy y tiene como protagonista a Federico Fazio. Un futbolista al que fichamos siendo casi un niño, que jugó una temporada en el Sevilla Atlético, al que esperamos durante dos o tres años de lesiones continuas, con el que tuvimos una paciencia infinita luego, soportando fallos y errores continuados y que después de un año bueno, cuando por fin parecía haberse asentado y empezaba a dar rendimiento de verdad, nos dejó tirados en los últimos estertores del plazo para poder fichar y se marchó a otra liga a cambio de la pasta. 

Fazio se aprovechó durante años de los valores trascendentales que la afición sigue manteniendo desde siempre. Fuimos fieles y leales con él. Le mantuvimos en sus malos tiempos, utilizó a nuestro club para hacerse futbolista y superar sus dificultades. Le tratamos como se trata a un hijo: le apoyamos, le aplaudimos, le ayudamos y le reñimos, cada uno a su manera, que no todos lo hacemos igual y no siempre estamos de acuerdo en el modo de hacerlo. Pero siempre con los valores de fondo. Se aprovechó del fútbol antiguo para crecer y utilizó como excusa el fútbol moderno para marcharse. Porque lo único que hizo Fazio fue lo que cualquier profesional que se mueve por dinero: aceptar una oferta que le satisfacía, como haríamos cualquiera de nosotros en el ámbito laboral en el que nos movemos. 

Y ahora vuelve...

Los directivos del Sevilla, profesionales, responsables de una empresa que opera en un sector, en un negocio, y que tienen la obligación de sacarle el máximo partido posible, vieron una oportunidad de mercado. El equipo necesita un central y Fazio lo es, muy bueno, asequible en lo económico y que no requiere de adaptación. Es un mirlo blanco, casi un chollo. Es un fichaje objetivamente magnífico. Dentro de lo que es el fútbol moderno, el movimiento del Sevilla ha sido impecable. 

Pero es que la afición, como vengo diciendo, no se mueve por esos parámetros. Sigue anclada en el pasado, en unos valores trasnochados para lo que es hoy día el fútbol. La afición sigue ahí y jamás ficharía por otro equipo, como sí que lo hacen jugadores, entrenadores y hasta directivos. Y ahora se le pide que haga el esfuerzo de tragarse el sapo de la infidelidad y la deslealtad. Claro, se le pide porque saben que lo va a hacer. Porque, por mucho que protesten y pataleen, no pueden evitarlo. Porque esa es la pata fundamental sobre la que se sustenta este circo: que la afición va a seguir ahí hagan lo que hagan y pase lo que pase. Y se aprovechan. Claro que se aprovechan. 

Para mí, el fichaje de Fazio es un magnífico movimiento del Sevilla. Pero hablo desde la perspectiva pragmática de lo que hay. De lo que es. Del fútbol moderno. Habrá muchos que lean esto y no estén de acuerdo, pero en la mayor parte de los casos será así porque hablan desde la perspectiva sentimental del fútbol antiguo. Es como discutir cuando uno habla de manzanas y otro de peras. Ambas son frutas, pero no es igual. No es lo mismo. Y yo, francamente, no sé qué pensar. Por un lado, me parece acertadísimo. Por otro, una tropelía. Una auténtica tropelía. Y en medio, entre el blanco del primer lado y el negro del segundo, hay una enorme variedad de grises. 

Que cada uno se quede con la que más le guste. 

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