martes, 21 de mayo de 2013

Mitos, leyendas y mentiras del Descubrimiento (I)


¿Imaginan ustedes que de repente surge alguien asegurando que ha desarrollado la tecnología necesaria para hacer un viaje tripulado a Marte? No sólo la posibilidad de hacerlo, sino con costes asumibles y con una duración de viaje prudente. Además, asegurando el regreso de la tripulación y la posibilidad de crear una colonia en el planeta rojo, desde la que ocuparlo por completo y habitarlo. Evidentemente, ese hombre pasaría a la Historia de la Humanidad como alguien único. Y sería estudiado en los colegios por los siglos de los siglos. Es lógico, ya que, gracias a su obra, la Humanidad iniciaría una nueva era. Se trataría de una revolución brutal que cambiaría para siempre el devenir de nuestra Historia.

Sin embargo, reconociendo la inmensa grandeza de la obra de ese supuesto hombre, ¿le concederíamos el mérito de ser el descubridor de Marte? No, ¿verdad? Pues, salvando las distancias, y por mucho que nos hayan contado en clases de Historia, se trata de un caso semejante al que la lógica dicta para Cristóbal Colón. Porque una cosa es que el lugar a donde llegas no tenga nada que ver con lo que habías imaginado, y otra bien diferente que vayas a un sitio y a mitad de camino te encuentre con otro diferente. 

Cristóbal Colón
Es absolutamente descabellado pensar que Colón se encontró con América al azar cuando lo que buscaba era las costas de Japón, China o India. Es increíble que aún se nos cuente que fue él quien “inventó” que la Tierra es redonda (y la chorrada esa del huevo de Colón), cuando eso se sabía ya desde los tiempos de Marino de Tiro o de Ptolomeo, o sea, del siglo II d.C. Es absurdo imaginarse que se podía encontrar a pirados suficientes como para completar la tripulación de tres buques si de verdad creyesen que después del Mar Tenebroso había una gran cascada que los mandaba a todos directos al infierno.

Lo normal (y esto es comúnmente aceptado entre los historiadores) es que sí se conociera la esfericidad de la Tierra, pero no su diámetro, las millas totales de su circunferencia. Es decir, no se sabía si sería factible, con la tecnología de la época, hacer una navegación de esa índole sin morir en el intento. Si los buques podrían cargar con suministros suficientes para tantos días y si navegarían a la velocidad necesaria como para que no se pudrieran antes de llegar a la otra orilla del océano. Si se supiera con exactitud ese diámetro, bastaría restar al mismo la distancia conocida desde Portugal hasta Japón en su ruta por oriente para conocer la distancia entre esos dos países, pero por su ruta occidental. O sea, la que pretendía hacer Colón. Y lo más sensato apunta a que don Cristóbal sabía (o creía saber) esa distancia y, sobre todo, (y de esto hablaremos en adelante) que había tierras de por medio en las que hacer escala. Tierras no dominadas por ninguna potencia, que podían ser anexionadas por Castilla y servir de puente entre los puertos europeos y los asiáticos por la ruta occidental. Otra cosa es que no tuviese ni idea de que lo que había de por medio no eran sólo unas islas, sino todo un continente, que de eso caben pocas dudas. Pero el objetivo de Colón no podía ser Asia. Debían ser esas “Islas y Tierra Firme” (como se las nombra en las Capitulaciones de Santa Fe firmadas antes del viaje) que había en medio.

Pero esto no es más uno de tantos enigmas que rodean a un personaje absolutamente fascinante y del que se sabe la mitad de lo deseable. Un personaje oscuro, casi siniestro, elevado a la categoría de mito por lo grandioso de su hazaña, pero que esconde una gran cantidad de misterios porque él mismo se empeñó en ocultar su origen y el de sus conocimientos.

Génova S.XV - Grabado
Repasando la historiografía oficial, Cristóbal Colón nació en Génova en 1451 en el seno de una familia de humildes tejedores. Pasó su infancia allí, primero, y luego en Savona, muy cerca de Génova, a donde se mudó su familia. No siguió el oficio de su padre y desde muy joven anduvo embarcado y navegando por un sinfín de lugares. En principio como grumete, en expediciones comerciales, y más tarde se supone que como marinero. En 1476, cuando se dice que iba embarcado rumbo a Inglaterra en un navío mercante, su expedición sufrió una emboscada pirata frente a las playas del Algarve, y tras una batalla, el buque en el que iba naufragó y él tuvo que llegar a la costa portuguesa a nado, con la ayuda de una tabla de madera. Dos años después, estaba casado con Felipa Móniz de Perestrello, la hija de  Bartolomé de Perestrello, un importante noble portugués. Tan importante, que fue uno de los descubridores de las Islas Madeira, a una de las cuales (Porto Santo) se traslada a vivir nuestro marino genovés. Sigue embarcándose, ya que ese es su oficio, y navega con los portugueses (la máxima potencia naval del momento) desde Islandia hasta San Juan de la Mina, en el centro de la costa occidental africana. Se supone que fue en esa época, junto a los expertos portugueses, cuando aprendió las más modernas artes de navegación. Y cuando comenzó a gestar su maravilloso plan. Recordemos que tras la toma de Constantinopla por parte de los turcos en 1453 (y su absoluto dominio del Mediterráneo Oriental) la ruta de las especias por la que se traían estos preciados bienes desde Asia hasta Europa estaba cortada para los cristianos.
Rutas comerciales desde Extremo Oriente
Y los portugueses llevaban décadas tratando de abrir una nueva bordeando Africa, con la esperanza de llegar a Extremo Oriente por mar, y no por tierra. No lo lograrían hasta 1496, cuando Vasco de Gama alcanzó las costas de la India, pero Colón vivía allí cuando se produjeron muchos de los logros de aquellos magníficos marinos de nuestro país vecino. Y fue en esas circunstancias cuando nuestro hombre vio clara su gran oportunidad. Si ya tenía avanzado su plan para llegar allí donde querían los portugueses, pero por el otro lado, por occidente, sólo le faltaría financiarlo para adelantarse a los grandes descubridores lusos y llevarse al agua el gato de la gloria.

Pero en Portugal rechazaron su propuesta y se vio obligado a marcharse de allí para ofrecerla en Castilla, a donde llega en la primavera de 1485. El problema fue que Isabel, su reina, andaba en aquellos tiempos enfrascada en la conquista del Reino de Granada, con lo que, a pesar de mostrarse interesada desde un principio, fue dando largas a Colón hasta que este se hartó y mandó a su hermano Bartolomé a ofrecer el proyecto a los reyes de Francia e Inglaterra. No obstante, Isabel, al ver el peligro de perder esa oportunidad, vuelve a llamar a Colón y finalmente lo arreglan todo.


El resto de la historia ya la conocemos. Se descubren unas islas, Colón toma posesión de ellas en nombre de Castilla, se suceden los viajes posteriores y España acaba por convertirse en el mayor imperio colonial que ha visto la humanidad en toda su Historia.

Esto es lo que nos enseñaron en el colegio. Sin embargo, hay una serie de preguntas sin respuesta que ponen en duda esta versión casi al completo. Preguntas como:

- ¿Por qué, si Colón era genovés, jamás utilizó el idioma italiano en ninguno de sus muchísimos escritos? Ni siquiera cuando mandaba cartas dirigidas a otros italianos.

- ¿Cómo es posible que un simple marinero de origen humilde sea capaz, en sólo dos años, de seducir y casarse con la hija de un noble de un país diferente al suyo, al cual llegó casi como los africanos que hoy arriban a nuestras costas en patera?

- Es más, ¿cómo tiene esa facilidad para relacionarse en las cortes portuguesa, castellana, aragonesa, inglesa, francesa? Y no sólo él, sino también su hermano, Bartolomé.

- ¿Dónde adquirió esos conocimientos matemáticos, cartográficos, náuticos, etc. tan avanzados? Se sabe que utilizaba números arábigos, cuando en la época los normales eran los romanos. ¿Estudiaba a la vez que navegaba?

- ¿Por qué utilizó una ruta absolutamente diferente a la ida que a la vuelta?

- Las Capitulaciones de Santa Fe son el contrato que selló el acuerdo entre Colón y los reyes, de manera que uno anexionaba las tierras prometidas, y los otros lo convertían en Almirante, el más alto rango nobiliario posible. Pues bien, en dicho contrato se habla de “lo que ha descubierto en las Mares Océanas”. ¿Cómo es posible eso si las capitulaciones se firman antes del primer viaje?

- ¿Cómo es posible que manden a Colón a tomar unas tierras en nombre de Castilla cuando esas tierras, si de verdad se dirigía a Asia, pertenecían a poderosos países como Japón o China? Y sólo con tres buques, sin ningún soldado.

- ¿Por qué recordó Colón a los reyes, en alguna de las muchas cartas que les envió, que el motivo último del proyecto era la conquista de Jerusalén? ¿Qué sentido tiene esa afirmación?

- ¿A qué se refería Colón cuando dijo a los Reyes Católicos que él no era el primer almirante de su familia?

- ¿Qué hizo el Papa Inocencio VIII para que en su tumba aparezca un epitafio que dice “Suya es la gloria del descubrimiento del Nuevo Mundo”, cuando murió una semana antes de que Colón partiera en su primer viaje, o sea, antes de que ese Nuevo Mundo se “descubriera”?

Como comprenderán, si durante siglos los historiadores no se han puesto de acuerdo, no voy a ser yo quien dicte sentencias ahora. Pero, a lo largo de la serie de artículos que publicaré en adelante, trataré de exponer la densa nebulosa que rodea la vida de Cristóbal Colón, incluyendo, por supuesto, su gran gesta. Intentaremos aplicar la lógica, el sentido común, a la hora de creernos o no un buen número de capítulos de la historia oficial (que, ya les digo de antemano, no hay por donde cogerla en muchos aspectos). Procuraremos no dejarnos llevar por teorías disparatadas, sino aplicar la sensatez en cada uno de los asuntos que generan dudas. Y, en definitiva, haremos un esfuerzo por encontrar una secuencia lógica para el sensacional acontecimiento que fue el Descubrimiento de América y a la vida de la persona que lo hizo posible. Una vida llena de claroscuros, de cosas sin sentido, de misterios, de incongruencias. Una vida emborronada a drede porque hubo muchos intereses contrapuestos entre los poderosos de su tiempo. Una vida absolutamente fascinante de la que, por desgracia, conocemos bastante menos de lo que quisiéramos.

Por mucho que nos contaran en el colegio.

Continua...

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