martes, 27 de mayo de 2014

Los simpáticos

Antes de empezar, quisiera hacer una advertencia. Es probable que si algún bético lee este artículo, piense que está dedicado a meterse con su club. Nada más lejos de mi intención. De hecho, lo que voy a defender es que pasemos olímpicamente de su club. Es más, si voy a criticar a alguien, es a la afición del Sevilla. O a una parte de ella. O a una actitud de la misma. Pero, claro, para expresar una opinión hay que utilizar argumentos, y no tengo más remedio que referirme al otro equipo de la ciudad. 

Hace no mucho, se publicó el resultado de una especie de encuesta según el cual, después de Real Madrid y Barcelona, el Sevilla era el equipo que más detractores tiene en el fútbol español. Lo de los dos grandes es normal. Son los más queridos y a la vez los más odiados. Queridos por los suyos y odiados por los de los otros. Pero lo del Sevilla no lo es tanto. Además, al Betis le ocurría todo lo contrario: que son de los que más simpáticos caen, lo cual ha sido utilizado por buena parte del beticismo para meterse con nosotros. Como si a nosotros nos importara. En verdad, no es que no nos importe. Ni siquiera que nos guste. Es que es algo que nos pone hasta cachondos. 

Que nos odien. Mucho. 

Yo a este hecho le encuentro dos explicaciones que convergen en una sola. Por un lado, la social. Y por otro, la meramente futbolística. Respecto a la primera, hay que tener en cuenta que para los españoles en general, los sevillanos somos los bufones oficiales del reino. Gente que no trabaja, gente vaga, floja, que solo piensa en la fiesta, gente poco seria, que gestiona mal...; gente que vive subsidiada, a costa del trabajo del resto de los españoles, los cuales más o menos aceptan tal circunstancia porque como les hacemos reír, pues hala. Nos dejan. No se quejan demasiado por tener que mantenernos. Evidentemente, esto es un tópico, pero mucha gente lo asume como realidad absoluta. Muchísima, diría yo. En lo futbolístico, el Betis encaja perfectamente en esta descripción. Un club históricamente mal gestionado, un equipo ascensor que ha dado buenos jugadores de vez en cuando, pero poco más. Un club que ha ganado un par de cosas en toda su historia y que incluso cuando mejor le fue, era dirigido por un personaje tan pintoresco como Lopera. Ahora, eso sí, un club simpático.Tela de simpático. Con mucho arte y con mucha gracia. Un club que cae bien, que hace reír. Una alegoría del tópico sevillano. El resto de españoles lo miran con cariño. Como si fueran el cuñao o el risitas. Y si de vez en cuando ganan algo, pues bien. La gente se alegra. Como el que dice: 

"Déjales, dales algo para que vivan, que luego nos reímos mucho con ellos". 

El Sevilla, por su parte, no es tanto así, aunque sí que se nos ha considerado de la misma manera. Como si fuéramos la otra cara de la misma moneda. Como Filemón para Mortadelo. Como Pepe Gotera para Otilio. La parte "seria" de un dúo cómico. Del dúo cómico, hechos para hacer reír. Y la culpa de eso es nuestra, del sevillismo, que nos hemos dejado arrastrar. Que nos bajamos al fango para departir con los otros. Que nos empequeñecemos para ponernos a su altura. Porque nosotros no somos así. Por mucho que caigamos en la trampa, no somos así. Y en la última década, aunque hemos seguido cayendo, lo estamos demostrando. Y es aquí donde está el germen del odio del que hablaba al principio. 

Cuando el Sevilla ganó la Copa de la UEFA en la final de Eindhoven, la España futbolera estalló de júbilo. Les resultaba entrañable que uno de esos dos equipitos tan simpáticos del sur del país ganara algo. Además, qué coño, en las celebraciones podrían ver esas actitudes que tanto les hace reír. Unos sevillanitos de fiesta es un espectáculo para ellos. ¡Viva el vino! Para ellos era como una limosnita. Un "toma estos leuros y tómate una servesita, compare".

"A mi salú". 

Lo que pasa es que una cosa es que nos den una limosna, y otra que le quitemos parte de lo que ellos consideran que es suyo. Que no es lo mismo. Que no es igual. Que a ellos les descuadra. Que ellos nos miran como unos inútiles que sólo sabemos hacer reír y utilizan eso como refuerzo para su autoestima. Ellos son mejores, nosotros somos inútiles. Y cuando ven que de inútiles, nada; cuando ven que en Sevilla hay un club muchísimo mejor gestionado que la mayoría del resto de los españoles, se les cae un mito. Es más, es un torpedo contra la línea de flotación de su orgullo, de su autoestima. Es tener que reconocer que son peores que uno de esos inútiles del sur. Que ya no son tan graciosos, claro. Pero es que, encima, los tíos van y sacan pecho. Como si fueran más que una simple mierda, pensarían ellos. Y ya empezamos a no caer tan bien. Pero, ¿qué se han creído estos muertos de hambre? Pues nos creímos mucho. Muchísimo. Cinco títulos en quince meses, dos veces consecutivas mejor equipo del mundo y una plantilla que pasará a la historia como uno de los equipos que mejor jugaron al fútbol en la primera década del siglo. Demasiado para la imagen que de nosotros se tiene. 

Porque nosotros sabíamos que no somos como ellos siempre han creído, pero ellos lo han descubierto de golpe, y eso no se asimila así como así. 

Y lo peor es que durante estos años hemos continuado por ese camino. No de una forma tan intensa, pero por ese camino. Quitándole la gloria a otros para quedárnosla nosotros. Que ellos pensarían "los inútiles del sur nos quitan la gloria a nosotros, que somos mucho mejores". Y claro, antes de aceptar que ellos son peores, pues hay que buscar mil argumentos que expliquen nuestros triunfos. Que si los rivales fueron muy malos, que si la UEFA es una competición menor, que si los árbitros, que si la suerte. Lo que sea con tal de no aceptar que ellos son peores que esos que siempre consideraron unos bufones. Que yo lo entiendo. Que es muy difícil cambiar de golpe una idea que siempre ha sido como una verdad absoluta. Muy, pero que muy difícil. No es sólo que les quitemos la gloria. Es que les estamos gritando a la cara que ellos son peores que los mierdecillas esos del sur. Y eso no sale gratis. En absoluto. 

Sevillanos, yonkis y gitanos. Cachondos, lo que decía antes. 

El Betis, sin embargo, sí que sigue en el mismo estatus de siempre. Y, claro, caen simpáticos. Tela de simpáticos. Simpatiquísimos. Ellos siguen siendo esos bufones que hacen reír a los demás y que se tienen que conformar con las migajas. De hecho, este año, segundazo otra vez. Pobrecicos. A ver si vuelven pronto a Primera y nos reímos y tal, pensarán muchos. 

Y llegados a este punto, yo me pregunto: ¿no estamos ante un momento crucial en nuestra historia? Un momento ideal para dar el salto definitivo. El momento perfecto para abandonar de una puñetera vez el localismo y mirar hacia arriba. La relación que históricamente hemos mantenido con el otro equipo de la ciudad ha hecho que parezcamos más pequeños de lo que somos. Sinceramente, a mí lo que me gustaría que esa relación entre Sevilla y Betis fuese semejante a la que tienen entre Inter y Milan, por poner un ejemplo. Que fuese una lucha local, pero para ser más grandes unos y otros. Para ver quién gana más títulos, una competencia en positivo que engrandeciese a ambos. Pero aquí las cosas son diferentes. Aquí todo consiste en una estúpida liga local que nos hace más pequeños a ambos. Una actitud que a mi me parece patética y que viene siendo potenciada por una parte de la prensa local que, como toda empresa privada, vive de las ventas, que sabe que para vender más, han de tener enganchada a esa otra mitad de la ciudad y que para ello hace lo que sea para mantener viva esa ridícula rivalidad que hace ya bastante que pasó a mejor vida, momentos puntuales aparte.

Y mientras no salgamos de esa espiral negativa, nunca conseguiremos dar el salto definitivo y convertirnos en un grande de verdad. 

Como digo, ahora tenemos una oportunidad de oro. Con el Betis en Segunda, ese localismo desaparece, al menos temporalmente. Ahora podemos centrarnos en lo nuestro. En crecer, en seguir haciéndolo, en aprovechar el tirón de este último título para fortalecer la plantilla y asentarnos de una vez en esas alturas en las que estuvimos hace siete u ocho años y adonde hemos vuelto. 

Pero para eso hay que olvidarse del Betis. Hay que pasar de ellos, dejarlos con sus cosas de equipo simpático. Que sigan siendo lo que siempre han sido si quieren y que continúen orgullosos de ser unos bufones. Nosotros no queremos ser simpáticos. Eso no sirve para nada. Nosotros queremos ser otra cosa, pero para eso hay que abandonar los localismos. ¿Tendremos la habilidad de cambiar de mentalidad de una vez para asentarnos en ese otro estrato? 

¿Seremos capaces? 

¿Lo seremos?

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