jueves, 13 de junio de 2013

Mitos, leyendas y mentiras del Descubrimiento (VI)



LOS PROLEGÓMENOS DEL VIAJE

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Réplica actual de las tres embarcaciones con las que Cristóbal Colón hizo el primer viaje


¿Se han preguntado alguna vez por qué siempre se representan las naves del primer viaje de Colón con esa cruz roja sobre fondo blanco en las velas? Y cuando digo siempre, me refiero a eso, a siempre, incluso en la imagen que ven, que no son más que las réplicas de las embarcaciones, las cuales se pueden visitar actualmente en el entorno de La Rábida. De hecho, esa bandera española que se ve a mitad de mástil en la primera embarcación es un apósito de finales del siglo pasado, como comprenderán. Más que nada porque en 1492, España, simple y llanamente, no existía.

Esa es la cruz de los Templarios, aunque no me voy a meter ahora a divagar sobre eso. La historia de los Templarios es apasionante, pero se les ha relacionado con tantos asuntos durante siglos, que es prácticamente imposible diferenciar el mito de la realidad. Para colmo, en los últimos años han proliferado las novelas sobre misterios históricos relacionados con la legendaria Orden, mezclando irreverentemente datos reales con burdas invenciones, hasta el punto que, a mí al menos, me carga sobremanera cualquier cosa en la que estos caballeros medievales tengan algo de protagonismo. Por supuesto, Cristóbal Colón y el Descubrimiento de América no son ajenos a esta corriente (aunque viendo las cruces de la velas, es bastante comprensible). Hay multitud de teorías en las que se relaciona a nuestro personaje con los Templarios, lo cual es cuando menos aventurado, ya que la Orden del Temple fue casi aniquilada en 1307 y disuelta definitivamente en 1312, casi doscientos años antes del Descubrimiento.

No obstante, la aparición de esa cruz en las velas de los navíos que hicieron el primer viaje no deja de añadir más misterio a este acontecimiento. Por si no tuviéramos bastante ya con todo lo dicho, ahora se da pie a mezclar al Temple en todo este asunto. A lo largo de esta serie de artículos, me he empeñado en mostrar la nebulosa que envuelve a Cristóbal Colón en el transcurso de su vida, y no podía dejar pasar esto de las cruces. No es mi intención incitar a que el lector deje volar su imaginación, sino más bien dejar claro que este tema no está claro. Para nada. Que no se puede abrazar una teoría, ni siquiera la oficial, porque hay muchas cosas en esta historia que escapan a nuestro conocimiento. Hay muchísimos asuntos sin aclarar, muchísimas incertidumbres. Es evidente que difícilmente sabremos nunca la verdad, por lo que es de necios negar conclusiones diferentes a lo que siempre nos han enseñado. Más que nada porque esa historia oficial está plagada de lagunas también. Por tanto, creo que si queremos hablar en serio de Colón y su hazaña, no podemos dejar de lado todas estas cosas que no tienen explicación. Pienso que hay que hablar de todo. Y en este capítulo vamos a seguir viendo otras de esas cosas inexplicables. Por mucho que en clases de historia las den por sentadas.

¿Por qué Palos?


Fíjense si genera controversia Cristóbal Colón y su descubrimiento, que hay una teoria alternativa hasta para el puerto de salida. Aquí pueden comprobar cómo en Cataluña hay quien asegura que la expedición no salió de Palos de la Frontera, sino de Pals, en Gerona. Lo que no explican es cómo se trasladaron allí los hermanos Pinzón y el gran número de palermos de Huelva que engrosaron la tripulación, ni tampoco por qué se empeñan los cronistas de la época en citar la localidad onubense. Por no hablar del diario de a bordo del propio Colón, pero en fin. Dicho queda. 


Réplica de las naves del 1er viaje de Colón
El puerto de Palos de la Frontera ya no existe, aunque hay una placa conmemorativa en el lugar donde estuvo el embarcadero desde el que salió la expedición (con permiso de los catalanes). Además, no muy lejos de ese mágico lugar, hay otro muy interesante, justo detrás del Monasterio de La Rábida, en el que se ha recreado un pueblo marinero medieval y un puerto, donde se encuentran las réplicas de la Pinta, la Niña y la Santa María. No sólo se puede visitar, sino hasta subirse a los barcos y preguntarse a continuación cómo es posible que en semejantes cascarones de madera se pudiera llevar a cabo una navegación como la que se hizo. Y eso que eran las embarcaciones de tecnología más avanzada de la época. 

Teorías alternativas aparte, la elección del puerto de Palos para la salida de esta expedición no deja de ser llamativa, toda vez que había otros mucho más grandes e importantes cerca (Sevilla, Cádiz, Sanlúcar, Puerto de Santa María, etc.). La villa de Palos pertenecía a la familia Silva, y la Corona le compró la mitad de la misma el 24 de junio de 1492 (mes y poco antes de la partida) por una considerable cantidad de dinero. Pero no se sabe si la elección del puerto fue anterior o posterior a esa compra. Bartolomé de las Casas atribuye dicha elección a que don Cristóbal tenía allí amistades, lo cual es bastante sensato, ya que La Rábida está justo al lado y ya sabemos las buenas relaciones que se labró en aquel lugar. Además, dichas relaciones se antojaban fundamentales, ya que no se presumía fácil reclutar tripulación para el viaje. Y, efectivamente, no lo fue, como no podía ser de otra manera. Teniendo en cuenta lo que se sabía en la época, había que estar medio loco o tener muy poco que perder para aceptar embarcarse en una aventura de esas características. De hecho, esto envuelve nuevos misterios, como veremos más adelante, porque, aunque ya hemos hablado de que, entre los expertos en la materia, se intuía con fuerza la existencia de tierra no demasiado lejos al oeste, ese conocimiento no era tan común entre el pueblo llano. Y los marineros, por mucha experiencia que tuvieran en la mar y muchos rumores que hubieran escuchado sobre el tema, no dejaban de ser pueblo llano, más dados a creer en leyendas sobre monstruos marinos y cascadas hacia el infierno. 


Aparte, se sabe que la villa de Palos estaba condenada a proveer de dos carabelas a la Corona por cierto acto de desobediencia perpetrado un tiempo atrás. Y eso también podía ser un motivo, aunque flaquea bastante una vez sabemos que sólo aportaron una de ellas. La otra vino de Moguer y el tercer buque, la nao Santa María, era propiedad de Juan de la Cosa, vecino de Santoña, en Cantabria. Por tanto, es más creíble que la principal causa de la elección de Palos fuera la anterior. 

Los hermanos Pinzón


Lo que a mi se me quedó en la cabeza tras las lecciones sobre este asunto que estudié en el colegio fue que Martín Alonso Pinzón y su hermano, Vicente Yáñez, se sintieron entusiasmados al escuchar el proyecto de Colón, creyeron en él a pies juntillas y convencieron a sus vecinos para que se embarcaran en tan suicida empresa. Mi infantil mente dio tal cosa por hecha, pero con los años, después de leer mucho sobre el tema, no me queda más remedio que aceptar que no fue tan fácil ni tan bonito. Ni mucho menos. 


Vicente Yáñez Pinzón
Resulta que el 20 de abril de 1492, los reyes emitieron una cédula por la que se permutaba la pena a condenados a muerte a cambio de enrolarse en la tripulación para ese viaje. Hasta ese punto llegaba la absoluta desconfianza de la gente de a pie del lugar hacia el proyecto colombino. Y aún así, sólo cuatro presos dieron el paso al frente. Por tanto, el primer intento de Colón de reclutar tripulación fracasó, y fue entonces cuando apareció la mano amiga de Fray Antonio Marchena (el fraile "estrellero" de La Rábida), el cual se ofreció a mediar por él ante un afamado y acaudalado armador y capitán llamado Martín Alonso Pinzón. Sin embargo, esa mediación tuvo que esperar porque Martín Alonso no se encontraba allí en aquellos días. Estaba en Roma, en un viaje que, como veremos, resulta ser de lo más enigmático.
Martín Alonso Pinzón


Los hermanos Pinzón no eran unos cualquiera en la zona, sino gente de mucho prestigio, reputación y hasta dinero. No tiene demasiada lógica que arriesgasen su vida, la de sus amigos y hasta familiares (a quienes convencieron para enrolarse en la tripulación) sin saber bien a dónde iban. O mejor, sin tener algo de seguridad acerca de que lo que se proponían podía llegar a buen puerto. Creo que el argumento oficial de que Colón, con su sensacional labia, les convenció es bastante pobre (por no decir ridículo). Porque se puede entender que lo hiciera con los reyes. A fin de cuentas, como pensaba Fernando el Católico, si la cosa salía bien, las riquezas que recibirían serían inmensas. Y si salía mal, pues perderían tres barcos y santas pascuas. No arriesgaban nada. Pero los Pinzón arriesgaban su vida y la de sus familiares y amigos. Y el sentido común indica que debían saber bastante más de lo que se dice. Lo suficiente para considerar asumible el riesgo.

Después del Descubrimiento, y durante unos años, la familia Pinzón estuvo de pleitos porque consideraban que el mérito de aquel no fue de Cristóbal Colón, sino de Martín Alonso. Y en esos pleitos se interrogaron a multitud de testigos, algunos de los cuales contaron cosas verdaderamente fascinantes. Según lo declarado en esos juicios, Martín Alonso Pinzón fue a Roma porque (por la razón que fuera) tenía amistad con el bibliotecario de la Biblioteca Vaticana y este le permitió sacar de allí unos documentos. 


Por otro lado, según la declaración de otro testigo en los pleitos, "Colón esperó en La Rábida la llegada de Martín Alonso Pinzón con las instrucciones de navegación". 

O sea, que las "instrucciones de navegación" las traía el mayor de los Pinzón, lo que significaría que, efectivamente, sabía de primera mano cómo hacer el viaje. Y en base a ese conocimiento (y no a la labia de Colón), aceptó el reto. Insisto, esto no son elucubraciones, sino testimonios de testigos en unos pleitos que están perfectamente documentados. Luego, nos creeremos lo que dicen o no, pero son tantas las cosas en la vida de Colón que están envueltas por la oscuridad, que uno ya no se cree nada, y a la vez se lo cree todo. Como ya dijimos antes, es evidente que los Pinzón no se metieron en esa empresa descubridora porque adorasen a Colón, sino porque tenían algún tipo de certeza. Tampoco se puso su familia a pleitear porque sí, alguna razón tendrían, y las declaraciones de los testigos ante un tribunal son juradas. Se puede cometer perjurio, claro que sí, pero, como decía antes, cuando uno se mete a analizar un poco la vida de Cristóbal Colón y la cronología de su hazaña, ve tantas cosas raras que al final llega un punto en el que cuesta distinguir lo sensato de lo disparatado. Definitivamente, nunca sabremos toda la verdad, pero el sentido común dice que los Pinzón sabían mucho más de lo que siempre nos han contado. 
Exterior de una de las carabelas

Los barcos y la tripulación 
Cubierta de una de las carabelas


Como era de esperar, una vez los Pinzón entraron en liza, la tarea de conformar la tripulación se facilitó sobremanera. En ellos sí confiaba la gente. En Cristóbal Colón, no. En dicha tripulación se enrolaron personas de todo tipo, abarcando todos los oficios necesarios: maestres, contramaestres, pilotos, escribanos que levantaran acta de lo que ocurría, alguaciles, carpinteros, calafates..., y hasta un traductor que manejaba el árabe y el hebreo. Esto último llama la atención, porque ya me contarán para qué querían un traductor de árabe o hebreo si se supone que el destino final de la expedición era China o Japón. Aunque tampoco les serviría de mucho en unas islas pobladas por indígenas.

Bodega
Respecto a los barcos, yo les recomiendo encarecidamente que, si pueden algún día, vayan a La Rábida y visiten las réplicas de los que hicieron el primer viaje. Que entren en su interior y se den una vuelta. Les aseguro que se sentirán impresionados. Cuesta imaginarse cómo pudieron atravesar el Atlántico en esas condiciones. La tripulación total rondó las noventa personas, con lo que sale una media de treinta por barco. Treinta personas metidas en un cascarón de madera en el que sólo podían estar en cubierta o en la bodega. Y apretados. Es increíble que aguantaran así durante los tres meses que duró el viaje, sin ver otra cosa que mar por los cuatro costados. Una auténtica heroicidad. 

La Pinta era propiedad de Cristóbal Quintero, vecino de Palos (de la Frontera, no de Gerona) y tuvo como capitán a Martín Alonso Pinzón. La Niña, por su parte, es un barco legendario, ya que participó en tres de los cuatro viajes de Colón a América. Era propiedad de Juan Niño, vecino de Moguer, y fue capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón. Y por último, la Santa María, que no era una carabela como las otras dos, sino una nao. Se trataba de un buque un poco más grande, más pesado y con demasiado calado, es decir, poco apto para las tareas descubridoras, que tan a menudo consistían en ir bordeando islas. De hecho, esta embarcación encalló en las Antillas y se destrozó, no pudiendo hacer el viaje de vuelta. Con sus restos se construyó el que llamaron "Fuerte Navidad", que se convirtió en refugio (y tumba) de la treintena de personas que se tuvo que quedar allí y no volver a Castilla, más que nada porque no cabían en las otras dos naves. Colón, que la capitaneaba, sí que regresó (siempre hubo clases, como se suele decir), y lo hizo a bordo de La Niña. La Santa María era propiedad de Juan de la Cosa, vecino de Santoña, en Cantabria. Hay historiadores que aseguran que vino de El Puerto de Santa María, en Cádiz, pero esto no está claro porque el de Santoña era conocido como el "Puerto de Santa María de Santoña". Además, la mayor parte de la tripulación de este barco estuvo formada por cántabros y vascos, por lo que es más probable que llegara desde Cantabria. Fue capitaneada, como digo, por Cristóbal Colón y pilotada por el propio Juan de la Cosa, que, por cierto, también regresó y se convirtió con el tiempo en uno de los personajes más importantes de los primeros años de descubrimientos en el Nuevo Mundo. 

Y fue en esas condiciones cómo estos verdaderos héroes partieron hacia La Gomera, primero, y hacia lo desconocido, después, el 3 de agosto de 1492, coincidiendo en el tiempo con el fin del plazo que se dio a los judíos para que abandonaran definitivamente la tierra en la que habían vivido durante cientos de años, lo cual no deja de tener su puntito de paradoja. Por un lado, se expulsa de un país a todo un pueblo con toda su cultura. Y por otro, se inicia un viaje que daría a conocer un nuevo mundo. Una puerta que se cierra y otra que se abre. Un pueblo es obligado a abandonar una nación, mientras otros no saben que muy pronto acabarán siendo parte de la misma. O esclavos de ella, más bien. 

Un viaje que cambiaría la Historia para siempre. Porque a pesar de tantas dudas e incertidumbres que rodean a esta hazaña, no deja de ser eso: una hazaña. Probablemente, y antes de poner el pie en la Luna, la más grande que el hombre haya llevado a cabo nunca. 


Capítulos siguientes: (VII)

2 comentarios:

Marcu dijo...

Otro "peasso" de artículo.
Otra vez enhorabuena.
Aunque tienes materia para detenerse en un montón de detalles. Hoy, que ando un poco más tranquilo, me voy a detener en la mención que haces al pleito que la familia Pinzón(hermanos e hijos) tienen con Cristóbal Colón por creer y...¿estaban en lo cierto? que el mérito del Descubrimiento estaba en ellos y no en Colón, que fue al final y para la Historia quien se llevó los honores.

Algunos historiadores de la época y al parecer muy bien documentados aseguraban que al mismo tiempo que Colón preparaba el viaje, Martín Alonso Pinzón hacia lo mismo y sin ayuda de nadie con dos navíos de su propiedad.

Defienden algunos, que de las desconocidas tierras allende los mares, Martín Alonso Pinzón tenía noticias ciertas por unos documentos encontrados en la Biblioteca del Papa Inocencio VIII sobre esas nuevas y extensas tierras y fue por ello por lo que que el tal Martín Alonso Pinzón habia puesto todo el empeño en descubrirlas.

Parece ser que el dato del documento papal fue muy polémico en la época y se dudó de su verosimilitud.

Arias Pérez Pinzón, hijo de Martín Alonso Pinzón declara en el pleito que fue su padre el que a traves de un famoso cosmógrafo y que trabajaba como criado a las órdenes de Inocencio VIII, el que le entregó el documento que relataba "muy minuciosamente" los detalles de las nuevas tierras.

La verdad es que como buen dices en repetidas ocasiones existen puntos demasiados oscuros en este tema.

PD.- Me has obligado a buscar algunos apuntes "ya amarillentos" pero me alegro de ello.

Te repito: te sigo y lo hago con sumo gusto; lástima que ande un poco liado en otros asuntos.

Un fuerte abrazo, amigo

Rafael Sarmiento dijo...

Muchas gracias, Juan

Efectivamente, paso por alto muchos asuntos que apenas me limito a mencionar. Es que, por cada uno de esos puntos, podría hacer otra serie completa de artículos.

Lo que comentas de los Pinzón es de sentido común. Ya lo digo en el artículo, algo tendrían que saber. Bueno, algo no, mucho. No he dicho nada de la "casualidad" (otra) de que fuera Inocencio VIII el Papa que "permitió" a Pinzón hacerse con esos documentos. Eso me enlazaría con la teoría de que Colón era hijo ilegítimo de aquel y ya lo enfollonaríamos todo de un modo definitivo. El sentido común dicta que Fray Antonio Marchena juntó a las dos personas que querían descubrir las tierras para que aunaran esfuerzos. Cada uno aportó lo que sabía para, juntos, facilitarse ambos la tarea.

Respecto a esto, hay un detalle curioso una vez llegaron a las Antillas. Pinzón se "perdió" con su barco durante un buen número de días, explorando por su cuenta. Él no dependía de Colón. El iba a su rollo. Por no hablar de la especie de "carrera" que hicieron durante el viaje de vuelta, que uno acabó en Galicia y el otro en Lisboa. Habla la historia oficial de que una tormenta les separón, pero ambos enviaron cartas a los reyes por su cuenta. Lástima que Pinzón muriera al poco de volver. Las tortas entre ellos por llevarse el mérito sí que hubieran sido históricas.

¿Y la hecho de que Colón volviera, no a Castilla, sino a Portugal y fuera recibido por su rey?

Es que son tantas y tantas cosas, que si entras en todas, tienes para una enciclopedia.

El hecho de que Pinzón viviera en Palos es el motivo más razonable para que Colón llegara a La Rábida, no la casualidad, pero en eso tampoco me he metido. Sería cuestión de desgranar teoría por teoría para desmentir o afirmar lo disparatado o coherente, pero eso sería un trabajo monumental para el que, la verdad, ni tengo tiempo ni estoy preparado.

Por ciesto, esos apuntes amarillentos tienen pinta de ser una joya.

Ahora en serio, muchas gracias por estar ahí.

Un abrazo.

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